Anclada entre barrancos, fábricas centenarias y el eco de fiestas moras y cristianas, Alcoy es una ciudad donde la historia industrial se mezcla con la innovación técnica. En esta tierra de puentes y nieblas, también vibra otro tipo de conexión: la invisible, la que viaja por el éter. En Pintor Cabrera 65, una pequeña sede social alberga a los guardianes modernos de esta tradición: los radioaficionados de la Sección EA5URL.
Jaime Nicolau Carbonell (EA5ATK), presidente de la sección y voz activa en la comunidad, lidera un grupo que no solo transmite señales, sino que cultiva conocimiento. Aquí, la radio no es un pasatiempo cualquiera. Es un servicio reconocido por la Unión Internacional de Telecomunicaciones, con raíces en la autoinstrucción, la experimentación técnica y el compromiso comunitario.
Lejos de los satélites y redes digitales que rigen nuestras vidas modernas, la radioafición en Alcoy mantiene viva una forma de comunicación autónoma, resiliente y profundamente humana. En tiempos de desastre, cuando las redes colapsan, los operadores de radio como los de EA5URL han demostrado ser un recurso vital, capaces de conectar a comunidades aisladas y coordinar respuestas de emergencia.
Pero su misión no se queda ahí. La radioafición es ciencia viva, una forma de exploración y aprendizaje que lleva a las personas a entender cómo viajan las ondas, cómo se comporta la atmósfera, cómo funciona la electrónica. En un rincón de Alicante donde los telares dieron paso a las antenas, la curiosidad sigue siendo la fuerza más poderosa.
Con una historia que se remonta a 1909, cuando se publicó el primer Callbook con operadores de telegrafía, la radioafición ha sido parte silenciosa pero firme del progreso. Desde experimentos que dieron lugar a nuevas industrias hasta vidas salvadas con mensajes transmitidos en momentos críticos, la radio ha demostrado que lo invisible también puede ser esencial.
Hoy, desde su apartado postal 112, los socios de EA5URL continúan esa tradición. No buscan fama ni beneficio; solo mantener abiertas las puertas del espectro, tender puentes invisibles entre montañas, ciudades y países, y recordar que —en Alcoy y en el mundo— todavía hay quienes escuchan.
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